Dondequiera

Acaba un día de golpe en otra latitud, pero como si lo hubiéramos tenido aquí. Compadezco a los que la están pasando mal, dondequiera.

Para mí, la jornada ha terminado bien. He visto a mi hijo irse a la cama. Está seguro aquí bajo mis ojos.

Eso me basta. Pero sigo preocupado por los otros, los que están allá afuera, dondequiera.

La excusa

Te invitan a un programa de radio. Con un protocolo que casi llega a categoría de acoso, insisten en que aceptes; que envíes tu resumen curricular; que llegues temprano.

Ajá, pues llegas. No conoces a nadie y nadie te conoce. Hay un montón de invitados; tienen que buscar más sillas para que cohabitemos por una hora en el estudio. Es una radioemisora conocida, soy de la casa. Pero no conozco a nadie.

El tema de la conversa es solemne: “el valor de la honestidad en el periodismo”. ¡Vaya, por fin una invitación mediática que valga la pena! Somos cinco personas alrededor de una mesa para tres. Sirven el tópico y empieza la ronda. Hasta ahora todo bien.

Pero uno de los anfitriones da inicio a la premonición que tardará en dejar de repetir, como si estuviera en alguna clase de trance: “Lenín ya viene, Lenín está por llegar, Lenín nos avisó que estaba cerca, porque cuando llegue Lenín abordaremos el tema”. A Lenín sí lo conozco, el único de la tarde.

Y el fulano llega, se sienta, le abren el micrófono ad infinitum y empieza a vomitar con engolado tono el recital de provocaciones, cual corifeo a sueldo de Chacumbele. Se jodió el tema. Se rompió la burbuja. Volvemos a esa «realidad» en la que sólo hay dos posibilidades, dos modos de pararse ante el mundo, dos experiencias viables, casi monosílabas. Queda prohibido usar un “tal vez sería posible…” o un “qué tal si pensamos…”. Es o es no, es a favor o en contra, sin remedio.

Los conductores de Gente y Valores –así se llama el pretexto para caer en la trampita de hoy– se vuelven autómatas, enajenan a los pendejos que quedamos de relleno y exudan júbilo en reverso con cada alocución imparable del recién incorporado. Al final protestarían lo que dijo Lenín, pero no plantearon otra opción que permitirle robarse los únicos 45 minutos del día en que se pudo –se hubiera podido– hablar de otramanera en público.

Dos marchas, hoy, ya habían concluido con algo de pena y ninguna gloria, y sin embargo los anfitriones en el estudio tenían que ser dialécticos y, cómo no, convertir nuestra tertulia en copia al carbón del torneo callejero. Ganó Lenín, pero también lo hubiera hecho Nikary si le tocase el rol de invitada estrella. Da lo mismo.

¿Y la honestidad en el periodismo? Quedó para otra oportunidad, si acaso.

Rondando el silencio

Quiero decírselo, pero me quedo mudo. ¿Cómo puedo evitar el hábito que heredé de mi padre? Hoy no supe tampoco; he vuelto a evadir los ojos de mi hijo.

Era una apuesta cara la que hice años atrás. Me aseguré a mí mismo que estar consciente de lo que no ha debido ser, obraría como antídoto eficaz contra la repetición de la historia. Perdí los cobres.

Me veo como Aurelio, el abuelo, quien seguramente se petrificó ante mi padre, y por supuesto, me parezco a éste, que siempre se quedó inerte frente a mí.

Aún recuerdo a papá en el momento más vergonzoso de mi vida, parado frente a una ventana y dándome la lección con mucho dolor, también mucho amor –es cierto–, pero sin mirarme directo. Sólo fueron unas pocas frases para un episodio que debió derramarse en una conversación que me habría cambiado para siempre. Él lo sabía y yo igual.

¿Lo sabrá mi hijo? ¿Se dará cuenta, como yo, de lo que estamos perdiendo ambos? ¿Tres generaciones no fueron ya suficiente botín para el silencio?

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